Friday, November 13, 2009

Bajo el agua y sobre la tierra

Visitas el restaurante bajo el agua para sorprenderte con las ventanas que dan al océano/acuario. Hay festejos en el techo/cielo. Apenas puedes comer. Te interrumpen y te obligan a irte del lugar. Como si te conociera de toda la vida, un astronauta/buzo que va entrando al recinto te saluda con la mano.

Visitas el cine de cuatro pantallas/televisores, cada una de las cuales te muestra la cuarta parte del filme del ogro verde. Llegas tarde a la proyección, aparentemente submarina/subterránea, donde sólo tres o cuatro individuos ocupan las butacas. La historia narra cómo el amor de la vida del protagonista se convierte en hada/enana. Tampoco te puedes quedar; debes seguir el trayecto.

Sales por el pasadizo de una casa que, en apariencia, conecta el cine submarino/subtérraneo con la superficie. Quieres retener cada detalle de la cocina, en especial el reflejo multicolor generado por el humo de las ollas/sartenes hirvientes. Cruzas la puerta hasta la sala con el estante, dedicado al culto del semidiós tecnológico llamado TV/equipo de sonido. Tres cuartos/apartamentos después –incluida uno equivocado que te hizo retroceder hasta el anterior–, logras ver la atmósfera terrestre.

Estás en un patio/un callejón. Es un sitio limitado enfrente por un muro de ladrillos. A la izquierda pasan los carros/camionetas. Ya estás afuera. ¿Volverás? Eso no lo sabrás hasta que suceda.

Friday, October 23, 2009

Una sociedad con discapacidad

Al discutirse sobre las personas con discapacidad, usualmente se piensa de forma limitada. Se quieren resolver sus vicisitudes con rampas, elevadores y calcomanías. A simple vista lucen como buenas intenciones, pero todo eso se queda corto cuando la conciencia y cultura de los venezolanos falla.

A nuestro alrededor hay pruebas de esta afirmación: las edificaciones siguen ignorando las pautas de construcción para individuos con discapacidad, los puestos de estacionamiento con el símbolo del hombre y la silla son ocupados por cualquiera y los entes responsables, tanto públicos como privados, actúan poco.

Y es que el asunto apunta hacia un cambio en la mentalidad del colectivo. No vale la pena enumerar la importancia de tomar en cuenta a todos los sectores que componen nuestro país, pues eso es consabido hasta por los más indiferentes. La clave del cambio está convencer a la ciudadanía en pleno de cumplir su rol en la incorporación de sus semejantes con discapacidad a la vida social, laboral y comunitaria de la nación.

Son escasos los que aún discriminan deliberadamente a las personas con discapacidad, sin embargo no es la única actitud incorrecta que se puede asumir ante éstas. A menudo aparecen individuos que consideran a las discapacidades como daños irreversibles que inhabilitan de por vida el futuro del ser humano, por lo que miran con lástima a quienes las padecen. Otros, en cambio, no establecen contacto de ninguna clase con este sector de la sociedad. Dichos comportamientos son perjudiciales, ya que discriminan a estos ciudadanos con condiciones especiales, al imponerles un trato distinto al recibido por los “normales”. Semejantes ópticas convierten los favores en limosnas de caridad.

Olvidan una cosa: todos tenemos nuestras discapacidades, bien sean físicas, psicológicas, espirituales o sociales. En base a esto, no cabe duda que lo fundamental no radica en aguar los ojos al ver al prójimo con determinada limitación, sino en ayudar como quisiéramos ser ayudados con nuestros problemas. Esta óptica nos acerca más a los valores de solidaridad que tanto se proclaman hoy en día.

Es procedente cambiar nuestra mirada. Propongamos el deber ser, aprendamos a sentir empatía por los demás y abandonemos las miradas limitadas. Así aseguraremos que las normativas vigentes se hagan efectivas. Así garantizaremos la inclusión de las personas con discapacidad. Así, y sólo así, venceremos la discapacidad de nuestra gran comunidad llamada Venezuela.

Sunday, September 27, 2009

Agresiones de azul y beige

De acuerdo a los especialistas, el fenómeno de la violencia escolar en los liceos tiene numerosas causas y requiere soluciones complejas

Fanny Peña comprobó personalmente en 2006 que Caracas no está exenta de la violencia escolar. Ese año, el liceo del cual era directora salió en las noticias de sucesos: un estudiante hirió por accidente a uno de sus compañeros con un arma de fuego. El escenario de este hecho violento no fue una calle solitaria o un retén juvenil, sino el liceo Antonio José de Sucre de Los Magallanes de Catia.

El suceso fue producto de una secuencia de decisiones y acciones equivocadas. Quien empuñaba el armamento tenía contactos con una pandilla de jóvenes mayores que él. En esos días, este grupo dejó a su cuidado dicha pistola con la intención de ocultarla. Él, interesado en hacer gala de su posesión, la llevó como un objeto más entre los útiles de clase. Aprovechando el receso, decidió exhibirla y jugar con ella. Por último, cometió el error definitivo. Apuntó a su compañero y, desconociendo que el arma estaba cargada y el seguro desbloqueado, vio cómo una bala salió de la boca del cañón para ir a incrustarse en el abdomen del otro. Ese joven, quien tuvo que ser hospitalizado por una herida en el intestino, aún sufre las secuelas de esa cadena de desaciertos.

Este caso es solo una muestra del fenómeno que frecuenta con asiduidad las sedes donde se forman los jóvenes venezolanos. Los propios estudiantes son capaces de dar testimonios semejantes.

Génesis Fandiño y Cristián Cortés, ambos pertenecientes al liceo Diego de Losada ubicado en el suroeste de Caracas, también lo certifican. Denuncian que continuamente en su centro de estudios se presentan enfrentamientos entre alumnos con consecuencias graves.

De esta situación no escapan instituciones privadas como el Colegio Nuestra Señora del Carmen de Los Rosales, aunque el matiz es más sutil. En su caso y de acuerdo a los alumnos Yohannelly Hernández y Antony González, la violencia se manifiesta de forma verbal, teniendo como causa fundamental el rechazo a las diferencias políticas o económicas que los alumnos tienen entre sí.

Sociedad conflictiva
De acuerdo a funcionarios de la Policía de Libertador, los índices de violencia escolar han aumentado 40% en esa jurisdicción entre 2007 y 2008. Los resultados de estudios realizados por entes privados tampoco son alentadores. Según una encuesta de la ONG Centros Comunitarios de Aprendizaje, dada a conocer en el I Congreso sobre Violencia Escolar realizado el año pasado en España, un 40% de los estudiantes venezolanos son víctimas frecuentes de acoso en sus liceos. Entretanto, otra consulta realizada por el diario El Nacional a estudiantes con edades comprendidas entre los 14 y los 15 años de edad, revela que el 59% de los consultados se siente afectado por la violencia escolar.

No obstante, no hay cifras consolidadas por parte de entes gubernamentales ni privados. Asimismo, los datos anteriores no toman en consideración otros tipos de ataques más allá de los que conllevan daños a la salud del cuerpo humano. De acuerdo a las Naciones Unidas en su Estudio de la Violencia en Niños, Niñas y Adolescentes, se considera como violencia todo uso de la fuerza deliberado que puede afectar a los jóvenes, bien sea de forma física o psicológica.

En las aulas, las agresiones hacia un estudiante bien pueden ser perpetradas por un docente o por un compañero de estudios. El caso del liceísta del Antonio José de Sucre se enmarca dentro de lo que Cecodap denominaría la violencia entre pares, es decir, entre compañeros de estudios.

Comprender las raíces de la violencia escolar entre pares representa una labor compleja. En su manifestación están presentes fundamentalmente factores del entorno educativo, local y nacional que influyen en conjunto sobre los jóvenes.

En el entorno de los jóvenes venezolanos, especialmente de quienes viven en zonas urbanas como Caracas, el estigma de la violencia está presente en la cotidianidad del día a día. El Índice Global de Paz de 2008 coloca a Venezuela en el escaño 123 de un total de 140 países, siendo superado en inseguridad solo por naciones como Colombia, Líbano, Israel e Irak. A resultados igual de negativos llegó un estudio de la Alcaldía de Chacao al indicar que, en nuestro país, un ciudadano muere cada media hora y que los ajusticiamientos han crecido 791% entre 1998 y 2006.

Para el sociólogo Samuel Pérez, a esta conflictividad social se suma la violencia de corte político que se ha incrementado en la última década. “Desde 1999 en adelante, al nivel de violencia social se le ha ido incorporando la política, que no estaba presente en la sociedad venezolana”, considera. A su juicio, la situación se agrava todavía más cuando, de forma consciente, los distintos grupos políticos del país comienzan a desconocer a sus adversarios e incluso a promover su eliminación física. “Ese proceso de polarización política que hemos vivido ha agudizado fenómenos como la intolerancia”.

Entorno disfuncional
La pobreza constituye otra situación a la que Pérez le adjudica un peso vital en el desarrollo de la violencia escolar. “Todos los factores relacionados con la pobreza son generadores de muchos riesgos, entre los cuales está la violencia”. Considera que problemas como el hacinamiento y la vida en condiciones materiales precarias son amenazas que pueden dificultar el desarrollo de una existencia normal para los individuos. Por tanto, pueden estimular la aparición de fenómenos disfuncionales en la relación entre los jóvenes.

En ese sentido, Pérez estima que las diferencias de condición socioeconómica son las que fijan la distancia entre un liceo público y una institución de Educación Media de tipo privado. Faviola Gutiérrez, jefa del Departamento de Psicología Escolar de la Universidad Central de Venezuela, disiente y cree que las divergencias entre ambas clases de centros educativos son únicamente de tipos y de escenarios. En los liceos regentados por el Estado la violencia es más manifiesta, por lo que tienden a ser más comunes las agresiones físicas. En cambio, asegura que en los privados la violencia tiende a ser silente. Con esta expresión, Gutiérrez se refiere a aquellas actitudes a través de las cuales se ignora al otro. “Poco a poco te van creando una condición de exclusión que es violenta”.

Gutiérrez cree que hay un auge de los valores negativos que está teniendo un peso significativo en el avance de la violencia escolar. “Hay un problema profundo de valores éticos en la formación de los jóvenes. No tienen una visión de un proyecto de vida que los satisfaga dentro de un malestar de la cultura”. Entre las creencias que están haciendo daño a la sociedad, enumera el individualismo, la competencia y el irrespeto hacia el semejante. Al mismo tiempo, critica la existencia de grupos juveniles tales como los llamados emo, al considerar que forman parte del surgimiento de una “cultura de la muerte”.

La familia constituye un centro para el desarrollo inicial del individuo, por lo que resulta vital para la adquisición de los valores. Peña, quien ha ejercido como docente desde hace 25 años, está convencida de eso. Asegura que el incremento en la violencia escolar es producto del descuido que tienen los padres en relación a sus hijos, independientemente de si su hogar está completo o no. “Hay familias muy bien establecidas, pero en las que no está la autoridad sobre el seguimiento de sus hijos”, afirma.

Para bien o para mal, los medios de comunicación tienen su influencia en el arraigo o abandono de determinados valores en las sociedades. “Hay un componente de relación entre los jóvenes que apunta hacia la violencia. Ahora los patrones de las novelas infantiles son muy truculentos”, opina Gutiérrez. Mientras tanto, Pérez estima que hay un uso excesivo de la violencia en los contenidos televisivos y que éste marca a las personas desde la socialización primaria. “Si tienes a niños que crecen observando la violencia todo el día en la televisión, empieza a parecerles normal”.

Buscando soluciones
¿De qué manera se canalizan los problemas ocasionados por la violencia escolar en nuestro país? Carmen Bruno, asesora legal de Distrito Escolar 1 de la Zona Educativa del Distrito Capital, indica que cada escuela o liceo debe manejar sus problemas. Lo mismo señala la Ley Orgánica para la Protección del Niño y del Adolescente, en su artículo 57, cuando establece que cada institución educativa debe establecer qué hechos pueden ser sancionados e informárselo debidamente a sus estudiantes. Bruno también indica que las autoridades de los Distritos Escolares solamente intervienen cuando se presenta algún caso grave, tal como lo contempla el artículo 123 de la Ley Orgánica de Educación.

A la hora de enumerar las medidas oficiales que se han tomado en materia de prevención, Bruno destaca que se llegaron a formar Equipos de Bienestar Estudiantil que realizaron talleres en varios liceos de la capital. Actualmente, afirma que la Defensoría del Niño ha promovido distintas actividades en esa misma dirección. Al mismo tiempo, indica que se han tomado iniciativas para ayudar a que los planteles elaboren sus normas de convivencia.

Pese a lo afirmado por la asesora legal, los educadores y directivos describen situaciones diferentes. Tibisay Hernández, quien es coordinadora en el Colegio Nuestra Señora del Carmen, explica que la institución a la que representa únicamente se relaciona con las instancias oficiales cuando se presentan casos que escapan del control de la directiva. En esas situaciones recurren al Consejo de Protección al Niño y al Adolescente del Municipio Bolivariano Libertador. Por su parte, Peña considera que la atención recibida por parte de las autoridades se limita a lo judicial, es decir, al apoyo en casos de agresiones escolares. Sin embargo, asegura que durante su gestión de dos años nunca recibieron talleres ni ninguna otra clase de actividad formativa. “Buscamos la ayuda de las organizaciones no gubernamentales. Se buscó asesoría”, explica.

Tomando en consideración lo amplio de las raíces del problema de la violencia escolar, los expertos coinciden en que las respuestas de las autoridades y la sociedad deben ser igualmente profundas para llegar a convertirse en soluciones efectivas.

Para Pérez, la violencia escolar es apenas una pequeña parte de un problema mucho más grande que tiene nuestro país. “Resolver esto está amarrado a resolver los problemas de carácter estructural de la sociedad venezolana”. Ve en la atención a la pobreza la única salida posible para superar los conflictos entre estudiantes. “Esto está vinculado a un problema de carácter estructural. Estos fenómenos irán mitigándose en la medida en que la sociedad sea exitosa en el combate de la pobreza”.

Por su parte, Gutiérrez considera necesario el trabajo en equipo de todos los sectores involucrados con el entorno escolar. En esa comisión deben tener participación tantos docentes y directivos como padres y representantes, así como la comunidad en general. “Tienen que haber acuerdos en los que se actúe en conjunto, donde haya una comunicación”. Ahora bien, acota que para que los cambios se produzcan hace falta más que propuestas. Hace falta voluntad. “El problema es creer que esto es un problema de la escuela. El problema es creer que esto es un problema de la casa. Nos damos cuenta de que es un problema de interacción entre todos los entornos en los cuales un ser humano se desarrolla”.

Mientras las discusiones continúan, las respuestas conjuntas siguen sin aparecer. Por los momentos, el riesgo de una reedición de lo acaecido en el liceo Antonio José de Sucre, con actores y escenarios distintos, sigue latente.

Saturday, August 22, 2009

El otro operario

Al caer en el sueño, cambiamos de búsqueda, de misión, de objetivo. Nuestras aspiraciones son aún menos decisivas del otro lado del charco. Una rueda con bolitas numeradas va colocando rompecabezas en las mesas cuando solamente queremos aspirinas. Operamos incapaces de rebelarnos contra los dictámenes de Morfeo o de nuestro cerebro; peor el último que el primero. Salvo raras excepciones, bajamos la cerviz sin posibilidades de reacción. A veces somos recompensados con viajes a Europa, trofeos inesperados, encuentros agradables. A veces somos empujados a coliseos de bestias incomprensibles, patios con cielos nazis, muñecos de madera sin rostros. Y, la mayoría de las veces, somos víctimas de jueguitos inconexos con retales de tela cosidos débilmente, tomados de la TV, la vida real o los chistecitos más exitosos de la semana. La búsqueda no ceja, el relax es saboteado por nuestra propia conciencia. ¿Un reordenamiento de las causas? ¿Un mero entrenamiento? ¿Una desesperada necesidad mental de ser hombre-en-acción? Temores de ser humano considerado libre. Al caer en el sueño, no apagamos la empresa; relegamos el control a otro operario.

Friday, August 07, 2009

Abriendo comillas: Verano 2009 (Edición especial)

“Yo soy la V.I. que hizo eso”.

“Cuando ven el rojo, pisan la chola”.

“La tengo en la punta de la lengua. Saboréalo para que lo digas”.

“Todo lo que quisiera que no sucediera y sucedió”.

“Fuerte, llenito, rápido”.

―“¿Han oído hablar de dos colas?”
―“Coca Cola y Pepsi Cola”.

“El eje de las abcisas y el eje de las occisas”.

“Todos los hombres son perros. Los perros ladran. Los hombres ladran”.

“El investigador va a la pata del cerro”.

“La taguarita de la esquina”.

“Estoy abusando de mi mismo”.

“La curva normal se parece a un fantasma de Pac-Man”.

“Pac-Man con título de estadístico”.

“Te voy a dar un cateto por esa hipotenusa”.

“Dios no comete errores y, sin embargo, miren cómo salimos”.

"¿QUÉ ES ESO?"

"Ummmmmmjuunnn".

“¿Tienes sangre llanera?”

“Petare es como Las Vegas: nunca duerme”.

“Me dejaste con el cachete tendido”.

“¡Vámonos, Jesús!”

Saturday, August 01, 2009

Patear balones como tarea para mañana

Si bien los entrenadores de fútbol menor ven la práctica deportiva como un acto recreativo, algunos padres la miran como obligación

La tarea asignada por la escuela no molesta a los muchachos. Después de todo, se trata de una misión que están muy dispuestos a cumplir: recrearse y divertirse en un rectángulo de grama con un balón. ¡Tranquilos, padres y representantes! No han cambiado los métodos de enseñanza tradicionales ni tampoco están reparando las aulas; estamos en una escuela de fútbol infantil.

Ahora bien, la presencia de estos infantes en el campo deportivo no es un mero capricho propio de la edad. En efecto, a muchos les gusta el deporte rey y se saben de memoria los nombres de Cristiano Ronaldo, Juan Arango y Lionel Messi. También aprovechan su tiempo libre para ver por la pantalla chica la liga española o los partidos de la selección. Por si fuera poco, tienen sus clubes favoritos en distintas competiciones del orbe. Sin embargo, los verdaderos responsables de su presencia en el campo de juego son los representantes, quienes tuvieron la última palabra en el asunto, independientemente del criterio infantil. ¿Por qué los trajeron aquí? Las razones son variadas, pero la decisión suele ser tomada por la misma autoridad.

Goles de altura
No llega a los 3.600 metros de altura del estadio Hernando Siles de La Paz, pero queda en las alturas. La Escuela de Fútbol Menor de la Universidad Central de Venezuela (EFM-UCV), ubicada en el cerro Sierra Maestra dentro del territorio ucevista, abre sus espacios para los niños fanáticos del fútbol y para los padres fanáticos de sus hijos.

La EFM da cabida a jóvenes y niños con edades comprendidas entre los siete y los veinte años, los cuales son subdivididos de acuerdo a ese factor en distintas categorías. En total, esta institución tiene seis. Para los niños están las categorías Pre Infantil B (de 7 a 9 años) y Pre Infantil A (de 10 a 11 años). Las otras cuatro son para preadolescentes y adolescentes.

Para seleccionar a los niños, se realizan anualmente actividades previas a la temporada, en las cuales son puestos a prueba y, de acuerdo a sus capacidades, son colocados en la Serie A o en la Serie B. En la primera se ubican los mejores talentos que se hayan encontrado en cada categoría, mientras que en la segunda se ubican los restantes. Estas series están presentes en todos los niveles, incluso en los superiores.

De acuerdo a lo relatado por distintos familiares, la principal motivación para inscribir a los infantes en esta academia se encuentra en la búsqueda de distracciones para el tiempo libre de estos últimos, alejadas de la inactictividad.

Hilda González es una de ellas. Tiene a su hijo de nueve años participando en la “Pre B” de la academia. Cuenta que su hijo, hasta antes de enero de este año, ocupaba buena parte de su tiempo en los programas de televisión, las computadoras y los juegos de Playstation. Insiste en que llevó a su hijo a la EFM con la finalidad de sacarlo de su sedentarismo. “No es para que sea un profesional, sino para que se ejercite, porque eso es provechoso para él”.

El hijo de Nancy Álvarez, Miguel Alfredo, también tiene nueve años, pero su estadía en el deporte organizado se remonta a hace dos años. “No hallaba qué actividad hacer con ellos en la casa. Vine para acá en agosto de 2007 y los metí en un plan vacacional en natación”. Sin embargo, su hijo y ella no se sintieron a gusto, de modo que, el año pasado, se decidió a cambiarlo para la disciplina de Ronaldinho.

Santos remates
La fe mueve montañas y la dedicación hace los goles. La escuela del Deportivo Gulima, ubicada en la población de San Antonio en el estado Miranda, se dedica desde 1999 a forjar a los nuevos valores del fútbol venezolano. De acuerdo a cálculos de la organización, hay un total de 350 alumnos de todas las edades. Entre los más pequeños, cuentan con un aproximado de 40 niños por categoría.

Las categorías para los más jóvenes que se encuentran en esta escuela son Semillitas (3-6 años), Pre B (6-8 años), Pre A (8-10 años) e Infantil C (10-12 años). En cada una de estas etapas, el joven permanece dos años, independientemente de las capacidades que tenga. Son ciclos que no deben ser interrumpidos bajo ninguna circunstancia.

La escuela tiene dos torneos, en los cuales juega los fines de semana contra ligas de Caracas. Con un nivel más exigente se encuentra la Liga Cesar del Vecchio, donde participan colegios de todas partes de la capital, tales como Santo Tomás de Aquino, Cristo Rey, La Salle, entre otros. Por otro lado, con un nivel más bajo, igualmente participan en la Liga Rómulo Hernández, en la cual se involucran las Asociaciones de Catia, 23 de Enero, entre otras.

En el Deportivo Gulima no sólo juegan niños que puedan cancelar sus pagos, sino también niños de bajos recursos que no pueden cubrirlos. “Tratamos de unir a los niños de diferentes niveles económicos, ya que existen niños con pocos recursos que no tienen para pagar la inscripción ni la mensualidad. Por ende, hacemos un seguimiento al niño, si vemos que cumple con un rendimiento en el fútbol y con disciplina son becados por la escuela, expresa Jesús Feijoo, coordinador de la academia mirandina.

Adrián Gómez, no solamente disfruta jugar fútbol, sino que también le encanta seguirlo. Fiel a su ascendencia portuguesa, es fanático de Portugal y del Oporto de Lisboa, sin embargo también tiene sus gustos locales con el Caracas Fútbol Club. A la hora de pensar en sus puntos fuertes como jugador, no tarda en mencionar tres de sus virtudes: “Meto goles, paro pelotas también y chuto tiros libres”.

Maribel De Gouveia Jardim, su madre, confiesa que su pasado deportivo pesó a la hora de iniciar a sus hijos en el mundo del deporte rey. “Después que me casé y lo dejé. Me gustó el deporte, metí a los muchachos y tengo a los dos: Uno en Pre B y otro en Infantil B”. Para manejar el tiempo entre las clases y el fútbol, De Gouveia afirma que todo es cuestión de disciplina. “Ellos estudian de 7 de la mañana a 12 del mediodía y practican entre las tres y seis de la tarde”.

Porque mi papá decidió
En algo coincide la mayoría: el gusto de los niños por el fútbol no es una razón de peso para que los padres se decidan a inscribirlos en una academia de fútbol. Las principales motivaciones tienden a ser interpretaciones y criterios asumidos por los representantes y no por los representados. Evidentemente, la idea puede surgir del gusto del niño por el deporte, pero la decisión que inclina la balanza queda en los mayores. Marcos Medina, preparador físico infantil adscrito al Instituto Nacional de Deportes, estima que esto es así en el 80% de los casos.

El primer argumento esgrimido es la búsqueda de un deporte para los niños que les ocupe el tiempo libre y los mantenga en forma. Así lo indica el entrenador César Moreno, quien trabajó en distintas categorías de la EFM. “Buscan ponerles una actividad física en las tardes por salud y para tenérselas más ocupadas”. Por el contrario, Medina hace hincapié en la parte psicológica. Para él, practicar deporte también permite desarrollar habilidades que van más allá de lo motor. “El deporte disciplina mucho al ser humano. Inscriben a sus hijos para que sean seres disciplinados, puntuales y responsables”.

Practicar un deporte constituye un alivio para muchos padres, pues consideran que aleja a los niños de las problemáticas propias de las urbes. “Cuando el niño está en un deporte va a ir de la escuela al deporte, del deporte a la casa. Lo alejan de los vicios”, afirma Medina, aludiendo al problema de las drogas y la inseguridad en el país.

Edurne De Bilbao, presidenta de la EFM-UCV apunta que, en ciertas épocas, aparecen otras razones que no suelen presentarse en otros momentos. En épocas de competiciones futbolísticas importantes, ella asegura que aparece un interés inusitado por llevar muchachos a las academias deportivas. “Cuando es la época de los mundiales y todo eso, vienen muchos niñitos”, asegura.

No obstante, todas esas razones se quedan cortas ante una que puede resultar problemática para los menores de edad y los entrenadores. Se trata de aquellas familias que buscan convertir a sus hijos en profesionales del fútbol, sin evaluar sus capacidades y limitaciones.

En este apartado, no hay consenso. De acuerdo a Feijoo, los padres que fueron futbolistas son los que más obligan a sus hijos a ser triunfadores en el área, aunque éstos no quieran. “El padre que jugó fútbol quiere que su hijo juegue fútbol. También está quien jugó fútbol pero no profesional y es el que más quiere que su hijo juegue”. Muy por el contrario, para Moreno, estos casos se dan en aquellos representantes que nunca practicaron un deporte y aspiran a que sus hijos hagan lo que ellos no hicieron.

Menos presión, más apoyo
Cuando las expectativas paternales se convierten en la causa para incorporar a un niño al deporte, la armonía se acaba. En esos casos, el fútbol menor se convierte en el campo de batalla entre dos bandos bien definidos. Por un lado, los entrenadores llevan su ritmo de preparación particular. Por el otro, los representantes tienen su propio plan basado en sus criterios personales para evaluar a sus representados. En el medio de ese conflicto, los niños sufren los inconvenientes. Sobrellevar esos problemas constituye una labor ineludible.

La razón de esta querella radica en la visión que los progenitores tienen de sus descendientes. Renee Zubeldía, joven de 21 años que labora para el Club Deportivo Gulima en las categorías Pre A, Pre B y Pre C, certifica que ha enfrentado este problema varias veces. “Los papás siempre ven a su hijo como el mejor, pero hay que saberle decir a los padres, de manera sutil, que su hijo no es apto para el fútbol. Hay muchos que se molestan”. Moreno estima que el principal problema está en que los padres no conocen las vicisitudes por las que deben pasar los atletas. “No tienen ni idea de lo complejo que es, entonces le piden al niño que haga lo que ve en televisión y, realmente, no puede”.

Los efectos de esta presión paternal no se hacen esperar. De acuerdo al documento “El niño y el deporte”, difundido por la Sociedad de Pediatría de Asturias, Cantabria, Castilla y León en su boletín numero 36, puede ser causante de un gran estrés en el menor. “El estrés psicológico puede ser el desencadenante de patología somática. Esto sucede, especialmente, cuando el niño está inmerso en la competición deportiva y sería debido a la presión psíquica que, sobre él, ejercen los padres, los entrenadores y la propia competición”. Esta situación degenera, a su vez, en distintos trastornos físicos. Entre ellos, se destacan las afecciones gastrointestinales y dermatológicas, así como trastornos en la alimentación.

Quienes deseen evitar estas consecuencias, deben estimular un entorno mas agradable para los niños que practican futbol y otras disciplinas. “Desde que los niños están en preescolar hasta que los niños están en edad de primera etapa de la educación, la preparación tiene que ser en base a la recreación del niño”, explica Medina. Una postura similar sostiene Endre Benedek, para quien es importante recordar el tiempo que los infantes dedican a las actividades escolares y que, en base a ello, el deporte debe ser menos exigente y tender mas al entretenimiento.

En ese sentido, tanto padres como entrenadores tienen que tomar conciencia de las fortalezas y debilidades de los infantes. Mientras los entrenadores se dedican a formar y desarrollar a los niños, los representantes deben convertirse en una fuente apoyo moral y no en una carga adicional. “El rol del padre debe ser ese que comprenda que se trata de niños, que tiene que disfrutar el trabajo que están haciendo”, señala Medina.

A fin de cuentas, cree que se trata del orden natural del universo del futbol menor. “Se supone que dentro del mundo deportivo el entrenador tiene que ser el malo y los padres tienen que ser los buenos”.

Thursday, July 09, 2009

La peor de las esperas

En esta oportunidad, al pobre hombre la experiencia no le entraba únicamente por los ojos desde una pantalla de cine. Aquello distaba significativamente de ser una recreación por obra y gracia de Jonathan Jakubowicz. Lo experimentaba en carne propia: era víctima de un secuestro Express.

Cada recuerdo de la situación le sería inolvidable de por vida, aunque no en el mejor sentido de la palabra. Primero, la boca del arma pegada a la nuca y el escalofrío que se le regaba líquido por toda la piel. Segundo, los empellones que lo arrastraban hasta la parte trasera de un auto destartalado. Seguidamente, el temor a la muerte fijo en su cerebro. Y la ineludible parte final: el entumecimiento de las piernas en una silla casi tan inhumana como cualquier aparato de tortura de la Inquisición.

En realidad, si se lo pensaba bien, todo eso quedaba en planos secundarios. Había algo peor: la espera incierta. Atado de espaldas al respaldo de aquel “asiento”, en una digna adaptación del Mito de la Caverna de Platón, el infortunado venezolano aguardaba su momento. ¿Qué momento? El que decidieran los secuestradores: el momento de la liberación o el momento de la ejecución. Muy insignificantes quedaban sus recuerdos de las esperas en el tráfico capitalino y en las clínicas para ser atendido por el especialista. Allí él podía aventurarse a calcular las horas que lo separaban de la conclusión. En cambio, durante esta retención forzada los cálculos fenecían en el hemisferio racional.

Eso lo sabía la mente del triste ciudadano, la cual llegó al extremo de ponerse en punto neutro ante la extendida agonía de una retención ilegal. En un punto determinado, sus temores de pasar a mejor vida desaparecieron. Hacía tiempo que la palabra “familia” se le arrejuntaba con la sensación “dolor de garganta”. Desde interminables unidades de tiempo, que bien podían equivalerle a meses, era inmune a las blasfemias y a la degradación físico-verbal.

Un par de veces le pasaron llamadas fugaces con conocidos. En otras ocasiones, escuchaba sobre manejos de cifras exorbitantes en nada cónsonas con sus ahorros bancarios. En alguna ocasión, un trozo de comida o una mala imitación de ésta llegó hasta su estómago. Los dueños de su vida jamás le abrieron ventana alguna en la habitación de su reclusión, obligándolo a mantener siempre la cara fija en la mugre que cubría la pared de enfrente.

A nada más aspiraba el ciudadano venezolano, identificado como tal por la cédula de identidad oculta en el bolsillo de sus blue jeans. Solamente a un desenlace, cualquiera que éste fuese. Así permaneció hasta el momento en que una recompensa en efectivo proveniente de su familia pasó frente a sus ojos. Llegado ese instante, comprendió que su piadoso deseo se cumpliría. Así sucedió. Unas manos amistosas lo soltaron y la vitalidad volvió a él.

Era libre. Respiraba de nuevo con tranquilidad. Se alimentaba de la voluntad y buenos deseos de sus parientes para nutrirse emocionalmente. Sonrió n rato, apenas el suficiente como para tranquilizarlos. Aún así, no festejó demasiado. Su conciencia no se lo permitió. En el fondo, sabía que otros como él no tendrían el mismo desenlace al final de la peor de las esperas.