Thursday, July 09, 2009

La peor de las esperas

En esta oportunidad, al pobre hombre la experiencia no le entraba únicamente por los ojos desde una pantalla de cine. Aquello distaba significativamente de ser una recreación por obra y gracia de Jonathan Jakubowicz. Lo experimentaba en carne propia: era víctima de un secuestro Express.

Cada recuerdo de la situación le sería inolvidable de por vida, aunque no en el mejor sentido de la palabra. Primero, la boca del arma pegada a la nuca y el escalofrío que se le regaba líquido por toda la piel. Segundo, los empellones que lo arrastraban hasta la parte trasera de un auto destartalado. Seguidamente, el temor a la muerte fijo en su cerebro. Y la ineludible parte final: el entumecimiento de las piernas en una silla casi tan inhumana como cualquier aparato de tortura de la Inquisición.

En realidad, si se lo pensaba bien, todo eso quedaba en planos secundarios. Había algo peor: la espera incierta. Atado de espaldas al respaldo de aquel “asiento”, en una digna adaptación del Mito de la Caverna de Platón, el infortunado venezolano aguardaba su momento. ¿Qué momento? El que decidieran los secuestradores: el momento de la liberación o el momento de la ejecución. Muy insignificantes quedaban sus recuerdos de las esperas en el tráfico capitalino y en las clínicas para ser atendido por el especialista. Allí él podía aventurarse a calcular las horas que lo separaban de la conclusión. En cambio, durante esta retención forzada los cálculos fenecían en el hemisferio racional.

Eso lo sabía la mente del triste ciudadano, la cual llegó al extremo de ponerse en punto neutro ante la extendida agonía de una retención ilegal. En un punto determinado, sus temores de pasar a mejor vida desaparecieron. Hacía tiempo que la palabra “familia” se le arrejuntaba con la sensación “dolor de garganta”. Desde interminables unidades de tiempo, que bien podían equivalerle a meses, era inmune a las blasfemias y a la degradación físico-verbal.

Un par de veces le pasaron llamadas fugaces con conocidos. En otras ocasiones, escuchaba sobre manejos de cifras exorbitantes en nada cónsonas con sus ahorros bancarios. En alguna ocasión, un trozo de comida o una mala imitación de ésta llegó hasta su estómago. Los dueños de su vida jamás le abrieron ventana alguna en la habitación de su reclusión, obligándolo a mantener siempre la cara fija en la mugre que cubría la pared de enfrente.

A nada más aspiraba el ciudadano venezolano, identificado como tal por la cédula de identidad oculta en el bolsillo de sus blue jeans. Solamente a un desenlace, cualquiera que éste fuese. Así permaneció hasta el momento en que una recompensa en efectivo proveniente de su familia pasó frente a sus ojos. Llegado ese instante, comprendió que su piadoso deseo se cumpliría. Así sucedió. Unas manos amistosas lo soltaron y la vitalidad volvió a él.

Era libre. Respiraba de nuevo con tranquilidad. Se alimentaba de la voluntad y buenos deseos de sus parientes para nutrirse emocionalmente. Sonrió n rato, apenas el suficiente como para tranquilizarlos. Aún así, no festejó demasiado. Su conciencia no se lo permitió. En el fondo, sabía que otros como él no tendrían el mismo desenlace al final de la peor de las esperas.

Monday, June 29, 2009

Héroe y villano

1.A. A las nueve de la mañana, el terrorista se pone nervioso ante el tictac del reloj de su escondrijo, pues aún no se siente con las suficientes agallas para actuar.
1.B. A las tres de la madrugada, el periodista finalmente logra queda profundamente dormido.

2.A. A las diez de la mañana, el terrorista sale de la van con sus compañeros, portando un maletín con los implementos que empleará esa jornada.
2.B. A las dos de la madrugada, el periodista se toma la última pastilla para dormir que le quedaba.

3.A. A las once de la mañana, el terrorista oculta sus pertenencias en un armario ubicado dentro de las instalaciones universitarias.
3.B. A la una de la madrugada, el periodista comprueba que no puede dormir, al ser incapaz de dejar de pensar en las víctimas de los sucesos de la tarde.

4.A. A las doce del mediodía, el terrorista conversa con sus compañeros, desayuna y se toma una píldora para calmarse.
4.B. A las doce de la medianoche, el periodista llega agotado a su casa, luego de vivir un día extenuante.

5.A. A la una de la tarde, el terrorista, solo y sin ningún apoyo, se queda dormido un rato junto al armario, sin embargo lo despiertan las risas de tres jóvenes.
5.B. A las once de la noche, el periodista es agasajado en uno de los salones de la universidad con lujosas bebidas y comidas.

6.A. A las dos de la tarde, el terrorista se distrae con la charla dictada por un antropólogo en el auditorio de la universidad.
6.B. A las diez de la noche, el periodista relata a los medios cuál fue el valor de su papel en los eventos de la tarde.

7.A. A las tres de la tarde, el terrorista recibe varias llamadas, en las que comenta cómo está la situación en el foro.
7.B. A las nueve de la noche, el periodista da declaraciones a la policía sobre cómo ayudó a una pareja de estudiantes.

8.A. A las cuatro de la tarde, el terrorista regresa al armario para vigilar sus pertenencias, alegrándose de comprobar que sus compañeros no descubrieron su plan.
8.B. A las ocho de la noche, el periodista recibe una inmensa ovación por parte de la comunidad universitaria, justo después de difundirse el rumor de su gran hazaña.

9.A. A las cinco de la tarde, el terrorista saca el maletín con la bomba del armario y lo esconde en uno de los asientos del auditorio, sin que nadie se dé cuenta.
9.B. A las siete de la noche, el periodista es atendido por los bomberos, mientras ve cómo curan las heridas del hombre y la mujer que él logró rescatar de las llamas.

10.A. A las seis y veinticinco de la tarde, el terrorista corre a ocultarse en el armario, se cambia de ropa y prepara los implementos para ejecutar la fase B del plan.
10.B. A las seis y treinta de la tarde, el periodista sale del armario, listo para mezclarse entre la multitud, tomar la noticia y rescatar a una pareja de estudiantes.

Tuesday, June 23, 2009

Fruto del aburrimiento

Desde el estrado se recitan consejos. No tengo ganas de escuchar. La hoja de papel se presenta como una promesa de sublimación. Sale una palabrita que se enlaza con otra palabrita. Un matrimonio pagano. El ser acuático se debilita. El grafito se fortifica con calcio en tabletas. Las paredes postizas, las máquinas inservibles se disuelven en cubitos azules. Viaje al interior. Cierto asunto relacionado con un televisor. Titulares. Título del verso. Un juego de fútbol. Noticiero del canal diurno. Opiniones distantes. Pura retórica imposible en un teleadicto. Arroja la directriz tradicional. Madre puntada final. Pongo punto final a la prosa poética. Reacciono a las risas, a los discursos, a nada. Hay que atender al estrado. Lo mundano te encajona a la racionalidad. Método cartesiano con el suavizante llamado subjetividad. Sigue, ser acuático. Te escucho. Aunque el cuaderno diga lo contrario.

Friday, June 12, 2009

Abriendo comillas (1ra. edición)

La sexta temporada de la dramática serie "Comunicadores bajo presión" se despide con crueldad de sus personajes hasta la próxima ocasión. Por suerte, los actores de esta temporada abrieron, tanto ocasional como oportunamente, sus bocas para dejarnos extasiados con la profundidad, complejidad, gracia y ociosidad de sus pensamientos, permitiendo que ahora podamos sacar algo positivo de estos últimos meses: frases memorables. ¡Disfrútenlas!

“Una actriz porno en un cuerpo de una niña de 14 años”.

“Rodeados de cientos de personas y más solos que nunca”.

“La palabra ‘hecho’ pareciera que no tiene futuro”.

“Seamos comeflor. Seamos tontos”.

“Todos queremos ser celebridades”.

“Visita el blog del Dj o muere. Con cariño, el Dj”.

“¿Somos zombis urbanos?”

“Los perros verdes hacen fotosíntesis”.

“A la gente no le gustan los sapos”.

“La Tierra es tu mamá. No la pises”.

“¿Ipods explosivos? Compra tu ipod antes de que explote. Ipod Boom 2.0”.

“Más medios no es democracia”.

“Portamatita”.

“Le cayó pollilla a ese armario”.

“Los patos vuelan”.

“Pasamos del achú cló cló al achú oinc oinc”.

“Verbos que terminan en “ire”: Guatire”.

“Hacer un reportaje o comerse un ipod explosivo”.

“He hablado pero no he hablado”.

“Tengo alzheimer, alzheimer precoz”.

“¿Quién se pone un guayuco?”

“Vamos a ver una película tonta: Terminator 5”.

“Metamos a todos en una rueda de bingo gigante”.

“Parece un reality: llorando, sufriendo”.

“¿400 a 400 a favor de quién?”

“Estamos empatados”.

"Ese hombre no sabe lo que hace. En vez de mandarlos a reportear, están haciendo estos concursos".

"Solución para la crisis: Franquicias de carritos mangueros, legalización de la venta de mango verde aliñao, materia prima nacional, 0 trámite con Cadivi. Tú eres tu propio jefe. No hay truco".

“Mi mamá me ama”.

“El salario no me alcanza, tengo que producir más...”

“No dejes que la Tierra se caliente”.

“Se ahogaron algunos osos, pero todavía podemos salvar algunos”.

“Voy a leer la cosa”.

“Hay una bomba en el piso dos: una C4”.

“Estamos haciendo sida”.

"En la biblioteca hay mucho sida".

“Posso cantare Non c’è vita da buttare per venti punti?”

"Te llevo en carro y me das casa".

"Japón es perturbador".

"A (nombre censurado) está repartiendo polvito allá arriba".

"A los 72 minutos se te para la vaina".

"Esos fueron los mejores 15 minutos de mi vida".

"Todo lo tuyo hay que buscarlo".

Sunday, May 17, 2009

Duetos del Messenger

Calma y cordura
Salsa y verdura
Sabor y soltura
Genio y figura
Locos y prostitutas
Vegetales y frutas
Altas y nulas
Burros y mulas
Blancos y chulas
Tachas y anulas
Vives y sudas
Asadas y crudas

Fuente: Ventana de conversación de MSN Messenger entre Nina y el Dj.

Monday, April 27, 2009

Males cromáticos

Cada vez que veo algo rosado siempre me pasa lo mismo: lloro. Ya sé que les va a dar mucha risa lo que acabo de confesarles, sin embargo les advierto que mi lagrimeo descontrolado no es producto de sentimientos afeminados. Es una alergia. A algunos les da por estornudar delante de los libros. A otros por hincharse cuando consumen productos con trazas de maní. A mí me da por llorar cuando veo algo rosado.

Todo por culpa de esa casa que queda frente a la mía. Por caprichos de su poseedora, el color asociado con la feminidad fue embadurnado en toda la fachada: paredes, puertas y ventanas. Más allá de los complejos de Barbie, estoy seguro que la manía respondía a una patología bien insidiosa de parte de la señora en cuestión.

En principio la residencia era blanca, desinfectada de los tintes ocasionados por la descomposición de la luz. Me traía sin cuidado. Pasaba de lunes a viernes frente a ella. Su existencia resultaba francamente irrelevante para mis intereses. Iba al banco, comía un pastelito en la panadería de la esquina, me marchaba hasta la oficina. En otras palabras, la rutina.

Y así, sin más, un día amaneció rosada. Fue una sorpresa inédita para mí, pues nunca había estado en contacto con semejante tinte. Es raro. Simplemente el destino nunca me lo puso delante. Además de que nunca estuve en contacto con la habitación de una niña pequeña. Ser solitario tiene sus desventajas.

Al principio, con este suceso, me limité a sentir escalofríos en los pelos de la nuca. Luego, con el paso de los días, la cosa se fue poniendo peor. Caí en ataques de tristeza sin razón alguna. Mientras escribía o cuando me bañaba. A veces a mitad de la noche, justo cuando despertaba de una pesadilla insulsa. Pronto llegué al punto de las lágrimas.

Llegado este punto, muchos comprenderán que debía actuar de inmediato. Así que me acerqué a los psicólogos, patólogos, otorrinolaringólogos, odontólogos y otros especialistas más. Entendí que necesitaba de ayudas especiales. Pero ni la aromaterapia, orinoterapia, jugoterapia o la cristaloterapia pudieron ayudarme.

Es curioso, pero solo la cromoterapia fue capaz de llegar a la raíz de la cuestión y me dio las primeras pistas que explicaran mi rechazo al rosa. Sin duda, todo había comenzado con el brusco cambio de color. Mi caso era insólito. Aplicaron en mi cuerpo distintos métodos para ajustar las cargas energéticas por medio de las vibraciones cromáticas. Y nada. La casa seguía afectándome porque seguía allí. Todo comenzaba con ella y era lógico que terminara con ella.

El litigio fue mi primera maniobra. Entablé una demanda contra la vecina Barbie. Cité cuanta ley o normativa estuviese vigente en la zona o región. Lamentablemente, tenía todas las de perder. En efecto, la libertad de los individuos incluía el derecho a pintar la casa de rosado. Desde ahí me encerré y no volví a salir en semanas, más por la enfermedad que por frustración.

Luego, supe que debía usar la fuerza. Con la ayuda de un grupo de ciudadanos solidarios con mi causa, preparé un ataque nocturno. Debidamente equipados con antorchas, fuego y cerveza arrasamos con la vivienda hasta convertirla en polvo gris. Fui feliz, al menos por unos instantes. Disfruté, para mi susto, de la cara compungida de la dama. La Barbie había caído.

Después, cuando fui abriendo los ojos, comprendí que acababa de empeorar las cosas. La vecina amante del rosa se ganó el respeto de toda la comunidad. Poco a poco, fue consiguiendo adeptos a su causa que le ayudaron a restituir todo tal cual estaba. Sin distinción, hombres y mujeres comenzaron a defender los intereses de este color. Con la presión de la opinión pública eficaz, el consejo de la ciudad creó la Ley Rosa de la Ciudad: las casuchas, los apartamentos, los carteles, las estatuas, los anuncios publicitarios. Todo. Todo fue pintado de rosa. Y la moda llegó hasta varios lugares apartados.

Es evidente lo que hice después: deprimirme. Sabía que mi reputación, mi libertad y mucho más estaban en juego, pues en cualquier momento volvería a las fechorías. En un arranque de locura podía ponerle una bomba a la compañía importadora de muñecas o a las personas que se sonrojasen. Podía emigrar, pero comprendía que el karma rosa me molestaría y la amenaza de encontrarme una residencia rosa seguiría latente. La sociedad me conocía. Estaba dispuesta a “enderezarme” sin saber que mi alergia era palpable. “Rosado, rosado, rosado”, coreaban las multitudes en el metro. “Rosado, rosado, rosado”, manifestaban las multitudes a las puertas de la residencia de la vecina. “Rosado, rosado, rosado”, pedían en los programas televisivos. Le abrían su espacio entre todos los colores.

Así pues, me encerré en mi apartamento y tomé la decisión de poner toda la carne rosada en el asador del lagrimeo. Con un frasco de pintura de ese color, embadurné cada rincón de mi hogar. Muy a mi pesar, la sala, cocina, baño y habitaciones se fundieron en un tinte único e indistinto. Fui indiferente a las gotas de pintura que mancharon parte de los muebles, electrodomésticos y televisores. Luego, me acosté a dormir y lloré a moco tendido. Ahora, supuse que me tocaba morir para felicidad de los amantes del color.

Pero no morí. Acabo de despertar. Y estoy de este lado, fuera del cajón fúnebre. La casa sigue rosa, pero parece que ya no tengo alergias ni molestias de ningún tipo. Miro en derredor el color maldito y no siento nada de nada. Las ganas de llorar se han esfumado, por lo que no he tenido dificultad en enfocar la visión en los detalles. Al despertar pensé que había caído en una especie de muerte viva. No puedo estar más equivocado. Con miedo, toco las paredes para comprobar mi inocuidad. En efecto, los anticuerpos que me hacían rechazarlo han muerto de un infarto cromático.

Salgo a la calle dispuesto a olfatear las paredes rosa, los coches rosas, las paradas de buses rosas, las franelas rosas y todo lo que los fanáticos de la Ciudad Rosa pudieran haber concebido de ese color. Sin ton ni son, me dan ganas de dedicar a la ancianita vecina un afectuoso abrazo. Estoy curado. Ya no me importa más ese color. En homenaje y respeto a los gustos de cada quién, pintaré la casa de la mayor cantidad de tonos posibles. No quiero volver a ser intolerante a ningún color. Al menos, no por esta vida.

Friday, April 10, 2009

Ratalataouille

Dedicado a la rata
que fue a parar
en un refresco de lata

(un mero rumor color rata

o un chismoso antilata)


Sres. estudiantes de Opinión Pública:

La rata en la lata
La lata es de la rata
La rata come lata
Recogelatas, dice esa rata

Toda una rata de lata
De un mordisco, la rata
acaba con la lata
¡Qué lata con la rata!

La lata es de hojalata
La rata usa alpargata
Si te gusta esto, rata,
ve y cómprate una lata

Y si no te sientes rata,
mirate tú en una lata